Escuela de padres

Ayudémosles a crecer

No me canso de repetir que uno de los principales errores que se pueden cometer con los niños es protegerlos en exceso.  Y es doblemente triste, cuando esto ocurre en familias con unos padres motivados que actúan no desde la comodidad sino desde la buena intención, pero desde el desconocimiento.

Naturalmente hay que estar al lado de los hijos y el afecto es vital para su desarrollo, pero el amor ha de servir para ayudarles, no para asfixiarles apartando cualquier contratiempo de su camino.  Es necesario que los niños aprendan a enfrentarse a sus pequeñas dificultades para generar sus propios recursos, sus propias soluciones, sus propias defensas.  El deseo y la obligación de los padres es precisamente prepararles para poder incorporarse, con las máximas garantías de éxito, a la realidad de la vida.

Es imposible que un atleta llegue a campeón olímpico sin haber pasado por las distintas y duras etapas de entrenamiento.  Tampoco se puede esperar que los niños se enfrenten al mundo exterior, sin antes haber practicado en casa.  La familia es el lugar perfecto para dar esos primeros pasos bajo la atenta supervisión de los papás.  Guiándoles, no sobreprotegiéndoles, porque lo mejor para ellos es precisamente que aprendan a ser personas independientes.  ¡Cuántas más cosas sepan hacer ellos solos, mejor!  Cuando esto no se consigue, muchas veces se debe a que los padres no son capaces de superar su inseguridad y lo único que hacen es traspasar sus propios miedos a los hijos.  ¡Qué triste regalo!

Facilitémosles el camino, ​corramos con ellos, prestémosles nuestro apoyo, pero no corramos por ellos.

El papel de los sentimientos

A todos nos gusta ver a nuestros hijos sonrientes y felices.  Cuando sienten alegría o ilusión, es fácil estar a su lado.  Sin embargo, ellos, igual que todas las personas, tienen también muchas veces sentimientos negativos y desagradables.  Y es en esos momentos, cuando más nos necesitan.

¿Cómo deberíamos actuar para ayudarles?

​Ante todo, no hemos de tener miedo de hablar sobre ello.  Es importante que vean que aceptamos sus sentimientos.  Todos tenemos derecho a sentirnos enfadados, tristes, rabiosos o decepcionados.   Nuestro hijo espera de nosostros que nos pongamos en su lugar y que intentemos comprender cómo se siente.  Por esto no debemos rechazar o reprimir sus sentimientos, aunque a nosotros nos puedan parecer exagerados con respecto a la situación que los ha provocado.  Nunca hay que ridiculizar el motivo ni amenazar con algún castigo, ya que esto, no sólo no cambiará sus sentimientos sino que además deteriorará su confianza en nosotros.  Además le creará sentimientos de culpa, empujándole a convertirse en una persona ansiosa.

Los sentimientos o las emociones aparecen de forma casi automática como reacción a diferentes situaciones.  Son algo característico del ser humano y es difícil controlarlos.  Gracias a nuestra mayor experiencia, le enseñaremos a nuestro hijo cómo canalizar sus sentimientos de la forma más adaptativa posible, pero siempre después de haber escuchado su problema.  Nuestra forma de actuar le servirá de modelo y nuestras pautas educativas le mostrarán el camino a seguir.

Supongamos que nuestro hijo llega del colegio de mal humor, porque no le han invitado a una fiesta.  Es lógico que se sienta decepcionado, triste o enfadado.  Primero debemos escucharle y sobre todo no quitarle importancia al asunto, ya que para él sí que la tiene y su disgusto es real.  Se sentirá mejor, si ve que comprendemos cómo se siente.  A veces resulta útil explicar brevemente alguna situación en la que nosostros mismos nos hemos sentido como él.  Después será el momento de animarle y de ayudarle a buscar alternativas para solucionar su problema.

El camino de la dependencia a la independencia

El recién nacido necesita a sus padres para sobrevivir.  Ellos le resuelven sus necesidades y le dan su afecto.  Esto crea una relación de dependencia absolutamente necesaria para conseguir una buena identificación y poder así aprender de ellos.

Pero al mismo tiempo, desde muy pequeño, el niño intenta ya hacer muchas cosas por si solo y en el fondo inicia así el camino hacia la independencia.  Curiosamente, alrededor de los 4 ó 5 años, eses niño que parecía haber hecho tantos progresos en la adquisición de su autonomía, empieza a ser consciente de su inferioridad.  Por esto, si vamos con un niño de 3 años a unos grandes almacenes, será muy importante llevarlo cogido de la mano, porque en cualquier momento se nos puede escapar.  En cambio, si hacemos lo mismo con uno de 5, es muy probable que sea él, el que no se mueva de nuestro lado por miedo a perderse.  A esta edad de repente busca más que antes que le cuiden y pide ayuda para todo, quiere que lo tranquilicen y necesita nuestra aprobación.  En ocasiones se opone a separarse de sus padres, necesita sentirse aceptado y solicita contínuamente afecto y apoyo.

Es en este momento, cuando corremos el riesgo de atender demasiado todas sus peticiones, interrumpiendo así el camino que ya había iniciado.  La mejor forma de actuar es dejar que el niño haga por si solo todas las cosas de las que ya es capaz.  Nuestra tarea será motivar y estimular su independencia, elogiando cualquier conducta suya que vaya en esa dirección.  La clave está en no resolvérselo todo, en dejar que se entrene en la adquisición de nuevas habilidades, apoyándole cuando lo necesite.  Los padres son el mejor espejo del niño.  Por lo tanto, si ellos le están enviando el mensaje:  "Tú puedes, nosotros confiamos en ti, estamos contigo y nos sentimos orgullosos cuando lo consigues", el niño se sentirá motivado para hacer nuevos aprendizajes y adoptará una postura activa ante los retos que le presente la vida.  Será la mejor garantía para que se sienta seguro, goce de una buena autoestima y sea feliz.

No olvidemos que la infancia no es más que una etapa de la vida, no es nunca un fin en si misma.  Es un proceso de maduración, un camino a recorrer para llegar a ser un adulto independiente y seguro.

Saber escuchar

La mayoría de padres considera que en su casa existe diálogo entre ellos y sus hijos.  En cambio, si les preguntamos a los hijos, muchos responden que en su casa no hay comunicación, porque sus padres nunca les escuchan.  Estos puntos de vista tan diferentes sobre una misma situación deberían hacernos reflexionar y creo que sería bueno formularnos la siguiente pregunta:

¿Sabemos los padres realmente escuchar a nuestros hijos?

​Parece ser que no tan bien como pensamos ... Pero todo se puede aprender.

Ante todo es aconsejable buscar un tiempo diario para charlar con ellos.  Es el momento mágico y entrañable y hemos de intentar evitar distracciones para poder concentrarnos plenamente en la conversación (teléfono, televisión, tareas de la casa).

Demostraremos a nuestro hijo que somos realmente un oyente activo, mirándole a los ojos mientras nos habla, preguntándole sobre lo que nos está explicando y, sobre todo, mostrando verdadero interés por lo que dice.

Es importante no interrumpir demasiado pronto, dejando primero que termine de explicar.  No debemos precipitarnos en emitir juicios o dar nuestra opinión y sobre todo conviene reprimir el afán que tenemos los padres de dar consejos enseguida.  De esta manera verá que le escuchamos, le comprendemos y respetamos su opinión.  Esto no quiere decir que ante un problema de nuestro hijo no le podamos ofrecer diferentes alternativas para solucionarlo, pero siempre después de haberle mostrado nuestra comprensión.  Lo ideal sería que fuese él mismo quien tomase la decisión final con respecto a buscar la solución para su problema.

Actuando de esta forma aumentará la autoestima de nuestro hijo y esto afectará favorablemente sus relaciones con los demás, su creatividad, su identidad personal y su estabilidad emocional.

Merece la pena.  ¿No os parece?

© 2020 Dagmar Hofert

Dagmar Hofert

Psicóloga sanitaria col. nº 11699

(+34) 651 88 11 66

dhofert@centremedicalella.com

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