Escuela de padres

La psicologia infantil y los padres

Nos hemos ido acostumbrando a la presencia del psicólogo escolar, pero siguen existiendo muchos mitos y tópicos alrededor de su función.  Creo que es importante desmitificar un poco esta profesión y para ello puede ser útil la siguiente reflexión: El psicólogo infantil es el profesional que orienta ante una dificultad determinada en un momento concreto del desarrollo del niño.  Su trabajo debería consistir en atender al niño y a la vez en asesorar a los padres.  La intervención será tanto más efectiva, cuanto más a nivel preventivo se trabaje.  Sabemos que, si no vamos arreglando las pequeñas averías de nuestro coche, a la larga nos encontraremos con problemas más graves, más difíciles y más caros de solucionar.  Lo mismo ocurre dentro del campo de la Psicología.  Si intervenimos de forma precoz, podremos evitar que el problema se instaure de forma crónica.  El psicólogo dispone de las herramientas, experiencia y técnicas necesarias para analizar la situación de forma objetiva y darle soluciones.

Los ambientes que mayor influencia ejercen sobre el niño son la familia y la escuela, porque forman su entorno natural.  Todos queremos lo mejor para nuestros hijos, el problema suele ser que nadie nos ha enseñado a ser padres.  Por suerte venimos dotados de cierto instinto, intuición y sentido común, que nos son muy útiles para la vida diaria y hacemos bien muchas cosas de forma totalmente automática.  Pero a veces las cosas se complican y es en estos momentos en los que deberíamos ser sinceros con nosotros mismos y reconocer que necesitamos la ayuda de un profesional.  Si tenemos el valor de admitir nuestras limitaciones, no permitiremos que nuestro hijo se convierta en un "niño problemático".  Al contrario será el hijo feliz de unos padres seguros.

Los dos pilares básicos de la educación infantil

Los dos pilares básicos de la educación infantil son afectodisciplina y nuestro éxito dependerá en gran medida, de la gracia con la que sepamos combinar estas dos cosas.

De los dos conceptos se suele comprender mejor el primero.  La mayoría de padres quieren a su hijo, pero ¿consiguen realmente que éste se sienta querido?  Es importante no confundir afecto con resolver en exceso, sobreprotegerle o darle todo sin exigir nada a cambio.

Los padres afectuosos son aquellos que son cariñosos, pacientes, que no actúan nunca de forma agresiva, que aceptan a su hijo y lo tienen en cuenta, que se interesan por sus cosas, que razonan las normas y sobre todo que elogian mucho y castigan poco.

En cuanto a la disciplina existe hoy en día mucha confusión.  Hay quien piensa que se trata de algo pasado de moda y que lo más importante es que su hijo disfrute de su infancia.  El resultado son unos hijos caprichosos, desobedientes, inquietos, con dificultades de atención y poca capacidad de esfuerzo.

Otros padres consiguen la obediencia y la disciplina controlando cada paso de su hijo, pero amenazan así el correcto desarrollo de su autonomía y confianza en si mismo, porque no aprende a utilizar sus propios recursos.

Como último hay los que improvisan, dejando que el niño haga las cosas a su manera, hasta que se les acaba la paciencia y entonces actúan con hostilidad, humillándole y haciéndole sentir culpable.  El problema es que el niño en este caso no sabe realmente qué es lo que se espera de él y esto le crea mucha ansiedad.

Son diferentes maneras de educar, pero todas ellas repercuten negativamente sobre la autoestima del niño y en consecuencia sobre su felicidad.

Para no incurrir en este tipo de errores, es importante que tengamos claro que la disciplina es beneficiosa para el niño, pero debe ser flexible y consistente. Se trata de unas pocas normas necesarias para regular la vida en común, aplicadas en interés exclusivo del niño, razonadas y aceptadas.  Estos límites, más que mermar la libertad del niño, le van a servir de guía para aprender a moverse con seguridad dentro de nuestra sociedad.  La disciplina tiene la misma función que el molde que utilizamos para hacer un pastel: debe ser FIRME, para que la masa no se derrame por todo el horno y a la vez FLEXIBLE para permitirle crecer.

De esta manera, si logramos combinar correctamente AFECTO y DISCIPLINA, les habremos dado las herramientas necesarias a nuestros hijos para convertirse en personas seguras, responsables, con muchos recursos, felices y con un alta autoestima.

 

Triunfar en la difícil tarea de educar

Cuando me preguntan, cuándo empieza la educación de un niño, muchos padres se sorprenden ante mi respuesta:  bastante antes de su nacimiento, por las ideas previas que sus padres se han hecho sobre, cómo educarlo.

Es importante que, cuando ante una dificultad o un problema observamos a un niño, cuando nos preguntamos qué hacer con él, no caigamos en el error de centrarnos sólo en los síntomas, olvidándonos de lo fundamental:

 

Cada niño es único e irrepetible, por ello no se puede tratar a todos por un igual, pero cualquier niño precisa unos límites, unas normas, unas pautas y unas reglas que le ayuden a conseguir la estabilidad, tranquilidad y seguridad necesarias en su paso por las etapas cruciales de su desarrollo como persona.

Evidentemente, ante un problema emocional o de conducta o ante un fracaso escolar se deberá intervenir, pero esta intervención sólo será realmente efectiva, si está hecha a medida.

No existen recetas mágicas ni terapias únicas, pero sí existen unos principios básicos que pueden ayudarnos en esa difícil, complicada, pero sobre todo maravillosa tarea de educar.

Papá y mamá ¡Trabajad en equipo!

Con la llegada de un hijo se producen grandes cambios en la vida de una pareja.  Durante los primeros meses, todo nuestro esfuerzo va dirigido a adaptarnos al nuevo ser, a dispensarle los cuidados necesarios y a construir unos lazos afectivos, imprescindible para que el niño más adelante pueda aprender de nosotros.

Pero muy pronto llega el momento, en que hay que empezar a educar.  Habitualmente nos apoyamos en nuestro sentido común y vamos improvisando sobre la marcha, ya que nadie nos ha enseñado a ser padres.  Nos basamos para ello, sobre todo en lo que hemos visto en nuestra propia familia.  Y aquí surge ya la primera dificultad: papá y mamá proceden de dos familias diferentes y, por lo tanto, casi nunca existe un acuerdo total con respecto a las normas que se deberían aplicar.

Si queréis alcanzar un mínimo de éxito en la educación de vuestros hijos, lo primero que hay que hacer es hablar y pactar las normas básicas para una buena convivencia.  Sólo así seréis capaces de hacérselas cumplir a vuestro hijo.  El niño, desde muy pequeño, aprende a observar y a utilizar la falta de acuerdo entre los adultos.  Sabe mejor que nadie, cómo conseguir que los padres discutan o que alguno ceda o lleve la contraria al otro.  Tiene un instinto especial para conseguir lo que quiere.  ¡Cómo se aprovecha! Pero lo peor es ¡Cómo le perjudica!

El resultado final de estas dudas y estos enfrentamientos entre los adultos, siempre es una gran confusión en el niño.  Y, cuando se abusa de este tipo de situaciones, la confusión se transforma fácilmente en inseguridad.  Pero además ayuda a que el niño se vuelva manipulador y tirano.

Por esta razón, no nos podemos permitir "ir cada uno por un lado".  Es imprescindible llegar a un acuerdo, aunque cada uno tenga que ceder un poco.  De no hacerlo así, las consecuencias son demasiado perversas y el resultado final, lamentable.

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